Sin duda la figura más relevante de la danza moderna de Europa Central, fue Mary Wigman. Nacida en 1886 Wigman fue el faro que iluminó el camino a varias generaciones de bailarines, tanto en Europa como en América.
Wigman había sido alumna de Rudolf von Laban, gestor principal de la nueva escuela de la danza. Pero a su vez esta artista tuvo discípulos distinguidos: Harald Kreusberg, de exitosa actuación en temporadas de Buenos Aires e Ivonne Georgi. La maestra consideraba que al cuerpo como instrumento completo e independiente. Comenzó bailando sobre el silencio para ir adoptando progresivamente sonidos, percusión y finalmente música. Componía sus coreografías de conjunto con el método de la improvisación y con el aporte de cada uno de sus bailarines.
“Sin éxtasis no hay danza pero sin forma no hay tampoco danza”, solía señalar Wigman. Otro gran discípulo de Rudolf von Laban fue Kurt Joos quien en realidad se inició estudiando canto, armonía, dicción y arte teatral. En 1920 Joos conoce a Laban, precisamente en un espectáculo de Mary Wigman. Este encuentro lo impulsa a fundar una escuela rural de las artes del espectáculo.
Para llevar a cabo esta iniciativa contaba con una herencia familiar, pero para saber administrar el campo estudió agronomía. Sin embargo, recién después de casarse con una bailarina decidió estudiar la danza académica y fundar la escuela Folkwang en la ciudad de Essen.
Con la ascensión de Adolfo Hitler al poder en Alemania debió emigrar a Inglaterra. Allí se le reuniría Sigurd Leeder y entre ambos darán nacimiento a una técnica propia con aportes de la danza clásica académica y la de Laban. Por fin (gracias al mecenazgo de un matrimonio inglés) Jooss pudo realizar su sueño de fundar una escuela en el campo.
Los bailarines se ocupaban entonces de las tareas propias del campo como de los ensayos, clases y montajes. Allí nació el Ballet Jooss cuyas coreografías estaban realizadas con música compuesta a posteriori.
Esta labor se prolongó durante quince años y durante la última guerra mundial el Ballet Jooss se radicó en Chile, en donde formó grandes figuras de la danza.
En Estados Unidos las primeras rebeldes revolucionarias fueron Isadora Duncan y Loie Füller. Incluso aun antes de haber tomado clases Isadora fundó una especie de escuela donde enseñaba a bailar a otro niños de su edad. Inició su carrera como bailarina en compañías de teatro pero pronto se apartó de ese rumbo para dedicarse a dar recitales. Fue adorada por todas las audiencias pero ella soñaba con crear un grupo de danza. Su ideal era un gran conjunto para danzar la Novena Sinfonía de Beethoven; tal como una gran orquesta en la que se pudiesen visualizar los movimientos. Se inspiraba para ello en los frisos griegos. En su escuela se practicaban movimientos simples y ondulados: “todo en la vida se mueve en ondas” afirmaba.
Loie Füller gestó una danza de movimientos sencillos. Su gran hallazgo fue la aplicación de la magia de la luz eléctrica y sus efectos sobre la tela volátil. Realizó su Danza Serpentina sobre un piso de vidrio iluminado desde abajo y su Danza del Fuego con luz roja que transformaba su figura envuelta en gasas ondulantes en una llama viva.
Ruth Saint Denis fue una apasionada de las danzas orientales que al unirse a Ted Shawn marcó uno de los capítulos fundacionales de la danza norteamericana. Juntos crearon la escuela Denishawn de la que salieron Martha Graham, Doris Humphrey, Charles Weidman, Merce Cunningham y Ana Sokolow.
De danza austera, angulosa y sin concesiones Graham tardó en ser aceptada pero se impuso y fue aceptada en todo el mundo. Su escuela fue completamente codificada.
Doris Humphrey por el contrario procuraba estimular la creatividad de sus alumnos por otros medios. De sus clases surgió entre otros, José Limón. Otras grandes figuras de la danza moderna norteamericana fueron Hanya Holm, Merce Cunningham, Alvin Nikholais, Alvin Ailey.
Al comenzar la Segunda Guerra Mundial muchos artistas de la danza europea se refugiaron en América. Por gestión de la coreógrafa Margarita Wallman el Teatro Colón contrató a dos bailarines formados como ella en las escuelas Wigman y Laban: Otto Werberg y Francisco Pinter, quienes poco tardaron en fundar sus propias academias y grupos de danza.
Vera Shaw comenzó a impartir lecciones de danza moderna desde un instituto de educación física. Ida Meval también hizo su aporte a la creación de una visión renovada de la danza escénica.
Wallman, por ejemplo, formó un conjunto de cámara para el que impartió la enseñanza de la técnica y los principios de Laban. Miriam Winslow formó su propia compañía influida por el Denishawn, y que marcó una fuerte impronta en los artistas argentinos.
Clotilde y Alejandro Sakharoff también crearon un grupo de danza para el cual Alejandro dictó clases de su particular estilo que tuvo gran influencia en los artistas de esa época.En los 40 surgieron bailarines, coreógrafos, directores de grupo y profesores como Cecilia Ingenieros, María Fux, Renate Schottelius, Ana Itelman, Luisa Grinberg, Rodolfo Dantón, la que esto escribe y otros, cuyas carreras o bien se cortaron a temprana edad o continuaron en el extranjero. Y la generación siguiente de una escuela argentina y contemporánea estuvo encabezada por Estela Maris, Cecilia Bullaude, Ana Kamien, Juan Falzone, Ana Labat, Jorgelina Martinez D’Ors, Ana María Stekelman, Iris Scacheri, Alicia Muñoz, Ana Deutsch, Margarita Bali, Susana Tambutti, Oscar Araiz, Mauricio Wainrot y una lista felizmente cada vez más nutrida.
Conjuntos y escuelas contemporáneas proliferan hoy en toda nuestra América: México, Brasil, Uruguay, Chile, Venezuela, Costa Rica; la danza teatral va al encuentro de un público cada vez menos reticente, más entusiasta y numeroso.
por Paulina Ossona
http://danzafsa.blogspot.com/
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